Rescatando el maƱana
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Confira matéria em espanhol sobre projeto coordenado pelo médico Diego Arregui, realizado na região do Juruá/AM.
Aceitamos colaboração para fazer uma versão em protuguês deste artigo (entre em contato com participe@idacefluris.org.br).


 

Por Juan Carlos de la Cal, miembro de GEA PHOTOWORDS
Originalmente publicado em 12/01/2012 no Blog da Gea Photowords


Dos meses atrás se inauguró en un recóndito rincón de la selva brasileña un Centro de Atención y Asistencia de Salud Natural, levantado por el médico navarro Diego Arregui, para recuperar las tradiciones del uso de plantas medicinales que se están perdiendo en la Amazonía. Hace unos años, Arregui contactó con un chamán de la tribu de los Katukina que le inició en este conocimiento y recibió a su vez ayuda para tratar otras enfermedades, como gripe y hepatitis, llevadas por los occidentales y para las que los indios no tienen cura. Esta es una bonita historia de intercambio, rescate y reconocimiento entre dos mundos, dos sabios y dos formas de ver la vida a través del universo vegetal del bosque más grande del mundo.

Diego Arregui, naturópata. El veneno de estas ranas aporta defensas para el organismo humano.
FOTO  ©  Patxi Uriz

Bastó la mirada de dos sabios para sellar un histórico encuentro. Dos mundos unidos en el corazón de dos “hombres medicina” separados por 14.000 kilómetros, un océano y muchos siglos de indiferencia. El que recibe es pequeño, apenas un metro cincuenta de indio, musculoso, moreno y con edad ya de ser abuelo. El que llega tiene los ojos azules, la piel blanca, 44 años y el alma en vilo de un mensajero. Una floresta majestuosa, en los confines de la selva amazónica brasileña, les ofrece un escenario perfecto. Plantas, plantas, plantas. O, lo que es lo mismo,medicinas, medicinas, medicinas… Porque esto es lo que les une. Una pasión genética por los remedios que esconde esta farmacia natural que les acoge.

Estamos en Samauma, una de las nueve aldeas de los indios Katukinas en el estado brasileño de Acre. El hogar del Pajé Aracá, hijo y nieto de chamanes-curanderos de la tribu, hijo también de esta selva de la que cada día recibe un nuevo secreto. El blanco que se baja de una vieja camioneta es Diego Arregui, navarro de Puente La Reina, médico naturópata, con consulta y laboratorio en su pueblo, autodidacta y viajero incansable por todo el mundo en busca de esos mismos secretos con los que trabaja Aracá.

La carretera hasta la aldea Katukina es de nueva construcción. Con las máquinas que ya se fueron se marchó también parte de la identidad de estos indios con una cultura tan antigua como la propia selva. Es la historia mil veces contada –y nunca lo suficiente- del destrozo que produce el contacto descontrolado de nuestra civilización con estos pueblos desnudos de nuestro progreso. “Ya nadie quiere cantar por los enfermos” se queja Aracá a Diego cuando éste le pregunta por las secuelas que ha dejado esa “epidemia” para ellos llamada desarrollo.

El pajé se refiere a lo difícil que es encontrar a alguien en su pueblo que siga la tradición de yerbero que él recibió de sus ancestros. Con la carretera llega la televisión, con ella se van los sueños porque los indios se acuestan más tarde y ya no madrugan para contárselos antes de que amanezca; se acercan los puestos donde se puede comprar alcohol y los jóvenes ya no quieren acompañar a los mayores en sus fiestas tradicionales; y llegan, como no, esos dolores que no pararon en el STOP del desvío a la aldea, dolores extraños que intentar eliminar con pastillas extrañas repartidas por doctores extraños en los pueblos de los colonos cercanos.

Diego ha tenido que superar varias pruebas hasta llegar a este punto de contacto. El miedo y el rechazo a un extranjero blanco viene dado por todo lo anterior. No se fían. Ya vinieron otros buscando plantas. En otras aldeas, de otras tribus, se las dieron. Se las regalaron. Años después se oían historias de medicinas que habían hecho millonarios a esos visitantes sin que a ellos les diesen ni las gracias. La Conquista continúa. Los indios lo saben. Ahora sin banderas ni cruces. Pero con la misma codicia y violencia.

El navarro sabe mucho de eso. Por eso es tan popular en el valle de Valdizarbe. Lleva 25 años estudiando alimentos naturales, plantas medicinales y especias de medio mundo con los que prepara sus remedios. Atiende a más de 300 pacientes mensuales. Su agenda está llena con un año de antelación.  A través de sus numerosos viajes por lugares remotos de Asia, África y América latina intercambió conocimientos con asociaciones de curanderos y chamanes de diversas comunidades indígenas. En casi todos los lugares los viejos curadores estaban en peligro de extinción. Sensibilizado por la desaparición del conocimiento sobre el uso de las plantas medicinales, al regreso de su viajes se dedicó a documentar y rescatar los últimos conocimientos populares de su tierra sobre pomadas, jarabes y hierbas con sus nombres autóctonos. Por eso está aquí. Diego reconstruye una forma de salud y entendimiento donde une la tradición yerbera milenaria con los nuevos usos y aplicaciones de la era moderna.

 
FARMACIA VIVA

Un encuentro de dos culturas que se aúnan para darse la mano en pro de la ecología, la salud y el progreso. Su trabajo trata de reivindicar la farmacia viva en un terreno hostil, trata de abrir la puerta al conocimiento cultural del uso de vegetales milenarios que vienen acompañando al hombre desde el comienzo de las eras, trata de recuperar esa “memoria vegetal” que anida en los más viejos entre los viejos.

“En la última década, el desinterés de los más jóvenes atraídos por el mundo moderno y la pérdida gradual de las costumbres y creencias, les ha convertido en una población carente de recursos medicinales. Resulta alarmante lo rápido que están perdiendo su conocimiento natural”, afirma Diego refiriéndose a la situación de los Katukinas. Hace 12  años, cuando llegó aquí en su primer viaje, le pidieron que atendiese a varios niños con gripe. Les curó con sus remedios en tiempo record.

En la siguiente visita llevó tratamientos contra la hepatitis endémica que existe en la zona y algunos pacientes fueron mejorando. Su fama de “hombre medicina” blanco se fue extendiendo por este rincón del valle del río Juruá.

El río es uno de los grandes afluentes del Amazonas. Con sus 3.000 kilómetros de recorrido, figura entre los 10 mayores del mundo.  En su parte más elevada, cerca ya de la cordillera de los Andes, abundan los lagos, las cascadas, fuentes termales y hasta valles de piedras entre tupidas e inmensas vegetaciones. Constituye el llamado Parque Nacional de la Serra do Divisor, un paraíso natural que abriga la zona de mayor biodiversidad del planeta, con más de 5.000 especies animales.

Durante miles de años estuvo habitada por medio centenar de tribus indígenas hasta que la colonización, en los siglos XIX y XX, de inmigrantes fue difuminando su existencia. Sin embargo, esta es una de las regiones más vírgenes del Brasil y donde la cultura india se conserva aún con mucha fuerza, con mucha profundidad y con todo su misterio.


Ecovilla sobre el río Croa. Alto Juruá, Amazonas.
FOTO  ©  Patxi Uriz

La economía de toda la zona es de mera subsistencia. Todavía quedan muchos seringueiros (recolectores de caucho), aunque este producto ya no es apenas rentable a causa de la sustitución de su uso por derivados del petróleo. Las frutas tropicales, el comercio con Perú y el incipiente turismo son otras fuentes de renta locales con bastante futuro por delante. Muchas familias apenas superan los ingresos diarios equivalentes a un euro diario por persona y día, y los servicios sociales (salud y educación principalmente) no son suficientes.  Un contexto adecuado para un recién llegado con ganas de ayudar.

Tanta ha sido la demanda, que el médico español abrió informalmente una pequeña consulta en las tierras que compró cerca de Rodríguez Alves, un pueblo de unos 15.000 habitantes a unos 40 kilómetros de Cruceiro do Sul, -100.000 habitantes- segunda ciudad en importancia del estado de Acre-, que despierta con tranquilidad al empuje irresistible de los nuevos tiempos. Una ciudad a la que no es fácil llegar. La carretera que la comunica con el resto de Brasil apenas funciona dos meses al año y las embarcaciones de gran calado sólo pueden arribar al puerto del río en la época de lluvias. La comunicación aérea es, sin embargo, buena con un digno aeropuerto.

En este aparente aislamiento radica, precisamente, su belleza. Está más cerca de la ciudad peruana de Pucallpa (253 km) que de la capital del Estado, Río Branco (653 km), lo que le aporta también ese aire encantador de ciudad fronteriza. Sus noches hacen honor a su nombre y la visión de la cruz estelar en el firmamento anima el alma del viajero.

 
JARDÍN DEL EDÉN

Arreguí y su mujer, Lilian Candiani, brasileña de Sao Paulo, y fundadora de la ONG navarra NATAL, compraron un buen lote de hectáreas de floresta con la idea de preservarlo como una especie de “jardín del Edén” en el que replantar todas aquellas especies con posibilidades medicinales e investigar con ellas. Rehabilitaron una vieja casa de harina, se montó el primer secadero para los vegetales que se recolectaban en la región y junto a él abrieron dos salas para atender las personas del asentamiento cercano: unas 40 familias. Dos de ellas ya trabajan de continuo en el secadero y otras tres ocasionalmente. Lo han bautizado como Centro de Atención y Asistencia en Salud Naturala las poblaciones locales y va a ser inaugurado oficialmente el próximo 3 de diciembre, festividad de San Francisco Javier.

“Por la mañana salimos al interior de la selva con una carretilla y  un machete. Hay tantísimas variedades de plantas por metro cuadrado que es como entrar en un túnel verde lleno de vida. Recolectamos algunas de las que conocía con propiedades medicinales y las separamos, lavamos, cortamos y secamos en redes a la sombra. Nos ayudan los niños y una familia de vecinos. Pronto se corrió la noticia que un extranjero hacia medicinas con hierbas y comenzaron a llegar los primeros casos”, recuerda Diego haciendo una memoria histórica de cómo fue su llegada.

Enterados del éxito del “médico europeo” entre la población más pobre de esa selva, las autoridades empezaron a pedirle también ayuda para sus propios tratamientos. Alcaldes, políticos, comerciantes y militares difundieron así, a otro nivel, las bondades de la medicina que tradicionalmente habían negado por su educación cartesiana. “Con sorpresa nos dimos cuenta del poco valor que daban las familias de colonos a los remedios naturales que las comunidades indígenas utilizan en la zona. Más adelante, tras verificar la eficacia de algunas plantas y desechar otras tantas, comencé a comprender que no había tanto conocedor de remedios populares o tradicionales. Y eso me produjo una cierta alarma. Me parecía normal que alguien que viva en Nueva York no sepa nada sobre las plantas de Amazonas o sus propiedades, pero que la gente de aquí  no conociera al menos unos primeros auxilios, me pareció peligroso”, añade el navarro.

Con la creación de este pequeño centro de salud, las comunidades locales están aprendiendo a confiar de nuevo en sus ancestrales remedios para curar todo tipo de enfermedades. Diego les enseñó a sus improvisados ayudantes a usar las plantas secas (la cultura india sólo las emplea húmedas), elaborar cremas, unguentos balsámicos,  a transformar en una palabra lo que les ofrece ese inmenso botiquín que tienen a la puerta de sus casas. También les aconsejó sobre como defenderse de los virus y bacterias llegados desde fuera, a protegerse de ellos mediante medidas higiénicas y a emplear sus escasos recursos económicos en profundizar en lo que ya saben antes de gastarse lo que no tienen en las modernas farmacias de la ciudad.

“Tuvimos que comenzar educando de un modo muy suave en lo referente a la deforestación indiscriminada y la tala de árboles centenarios y milenarios, que en el mercado internacional son artículo de lujo, pero que a ellos les proporciona alguna saca de harina de mandioca y poco más. Muchos, pasados los meses, confesaron que sentían un gran  respeto ahora por los árboles y las plantas ya que de ellas obtenían grandes beneficios desconocidos hasta la fecha. Comenzamos a plantar hierbas medicinales, hortalizas, verduras y frutales, todo con semillas procedenes de Navarra”, aclara Diego.

Otra de las funciones del centro es recuperar especies de plantas amenazadas de la zona. Al resto las dejan  en sus “Reinados”, que es como denominan los indios a los lugares donde las plantas tienen predilección y abundan sin que intervenga la mano del hombre. “Esas regiones están catalogadas  y les colocamos los carteles para saber sus nombres Indígenas, populares y científico si lo tiene. También sus propiedades o si es una planta toxica” nos sigue explicando Diego. “Este sistema de farmacia viva favorece a aquellos que tanto en el trabajo de campo, recolectando  o cultivando, tienen el gana pan de cada día, como a los que se benefician del empleo de los remedios naturales en las proximidades de sus casas.  Un medio de cooperación que ayuda a la agricultura sostenible en una región donde sus primeros moradores eran apenas cazadores, favorece la preservación medioambiental y cultural, fomenta el empleo con  la elaboración de preparados nutritivos y medicinales y es un método inofensivo de mantener la salud a un bajo coste”.

El chamán Pajé Aracá con el naturópata Diego Arregui.
FOTO  ©  Patxi Uriz


El pajé Aracá es su principal aliado en esta misión. De él ha aprendido el uso  de remedios como el Pau de Arco, una corteza de árbol que se ha mostrado muy efectiva contra el cáncer y la leucemia; el Jaborandi o pimienta longa que los katukinas usan para tratarse el hígado y que Diego ha descubierto también su utilidad para el tratamiento de enfermedades medulares degenerativas; el Sanango, una planta con la que fabrican un colirio para regenerar la córnea y eliminar enfermedades virales del ojo y clarificar la vista. “Los ancianos la usan desde tiempo inmemorial y no necesitan gafas. Además, según ellos, quita la ira de la mirada y te abre la visión espiritual”, explica Diego.

Uno de los remedios que más le ha llamado la atención por sus efectos curativos inmediatos es de origen animal. Se trata del  Kambó  o vacuna del sapo como también le llaman,  el más tradicional de los remedios indígenas del Amazonas. Se obtiene de la secreción de un sapo, la phyllomedusa bicolor, en cuyo líquido los científicos han hallado propiedades antibióticas, contra el sida y el cáncer.
Además estimula la fertilidad, depura de tóxicos el organismo y sirve como regulador hormonal para las mujeres. La mayoría de las tribus asentadas en la frontera de Brasil con Perú lo usan. En los últimos años se está dando el caso de que algunas aldeas indígenas están siendo frecuentadas por una legión de occidentales enfermos, casi desahuciados por la medicina moderna, a los que les va bien su aplicación porque les refuerza el sistema inmunitario.

Un médico italiano lo patentó en los años 80. Después fueron aisladas dos sustancias: la dermorfina y la deltorfina. La primera de ellas, 300 veces más potente que la morfina, es la causante de una nueva generación de analgésicos comercializados desde 1998 por los laboratorios Abbot bajo el nombre de ABT 694. Un gramo vale 1.000 euros y los sapos se venden a 400. Están desapareciendo. Los beneficios se calculan en 500 millones de euros. Los indios no han recibido nada a cambio…

El uso de los remedios indígenas lleva aparejado el uso de oraciones y creencias sin las cuales el doctor está convencido de que no serían tan efectivas. Este es el caso de la Ayahuasca, la bebida milenaria utilizada en toda la Amazonia por las tribus indígenas desde hace milenios para recibir las visiones que conforman su mundo espiritual. Es el producto de una infusión entre una enredadera y una hoja y los indios la toman en sus rituales también, entre otras cosas, para ver el origen de esas enfermedades traídas por los blancos y que les diezman sin piedad. A través de ella muchos chamanes, para los que el origen de las enfermedades siempre es espiritual, dicen “hablar” con las plantas y saber para que las pueden usar.

Precisamente el uso de estas plantas sagradas dio pie en el pasado reciente a conflictos religiosos con grupos de colonizadores evangelistas, muchos de ellos procedentes de Norteamérica, amparados por organizaciones como el Instituto Lingüístico de Verano, ILV, con muy mala prensa por toda la Amazonia. “Los misioneros llegaron poco después del primer contacto” recuerda Aracá. “Primero nos obligaron a vestirnos, luego de enseñarnos el portugués pretendieron que no hablásemos en nuestra lengua nativa y finalmente intentaron prohibirnos el uso de nuestras plantas de poder. Hubo una rebelión y conseguimos echarlos. Hoy están fuera de las aldeas”.

Viniendo de donde viene, a Diego, esta historia no le es del todo desconocida. En su Navarra natal están documentadas las creencias en mitos y leyendas que hasta el siglo XVII sobre la sabiduría ancestral que poseían las mujeres de antaño usando el poder de la naturaleza para curar enfermedades antes de que ardieran en las hogueras de la Inquisición. A Arregui se le viene a la memoria los paseos por el bosque de Basajaunberro, cuyo nombre homenajea a un legendario personaje de la mitología vasca, Basajaun, que vigila los pasos de todo aquél que se adentra en el bosque; las brujas de Zugarramurdi; el Valle de Malerreka, donde empezó todo; las historias de meigas y sorgiñak, del antiguo conocimiento de las plantas y artes curativas; las tumbas, dólmenes y menhires de Eunate…
Las mismas historias, quizá, que escuchó en su día su paisano Pedro de Ursua, cuando recorrió por primera vez el río Marañón, en 1542, en busca de ELDORADO que nunca encontró.

También, mirando en el firmamento estelar esa Cruz del Sur que tanto ha inspirado a los navegantes de los Mares del Sur, el navarro recuerda como el Camino de Santiago, del que Puente La Reina es un punto clave, era el Camino que los druidas de todas las naciones celtas – las más lejanas en Finlandia o Turquía- debían hacer para doctorarse y permutar conocimientos, acabando en Finisterre, el Fin de la Tierra, desde donde se podía oír el estruendo de las aguas cayendo al abismo…

Llueve.Quién no ha visto caer el agua sobre la selva no sabe lo que es llover. Es imposible hablar bajo el ruido ensordecedor de las gotas golpeando las hojas de los árboles. La tierra desaparece bajo los charcos. Todo está empapado. La cuenca amazónica evapora siete trillones de toneladas de agua cada año a la atmósfera. La mitad vuelve a caer sobre ella. Es la fuente del ciclo de la vida más majestuoso que existe.

El periodista no puede por menos que recordar que el Valle del Javarí, el lugar del mundo que alberga a más tribus de indios aislados del planeta, está justo encima de la aldea katukina (Cruceiro do Sul es, de hecho, la puerta de entrada sur de este valle). Allí, la hepatitis está exterminando a poblaciones enteras de indios aculturizados. Se está dando el caso, incluso, de que algunos de estos indios aislados están volviendo a las cabeceras de los grandes ríos en busca de la ayuda del hombre blanco porque no saben como parar estas epidemias que les han contagiado los madereros o buscadores de oro.

Por algo, el llanto de Davi Kopenawa, el Dalai Lama de los yanomamis, es la mejor recomendación para unos tiempos que la historia recordará siempre como los de la Era del cambio climático: “Debemos escuchar el llanto de la tierra que está pidiendo ayuda. La tierra no tiene precio. Ustedes tienen que dejar a los yanomami vivir y preservar la naturaleza. Porque la naturaleza nos da la salud, la alegría. Tenemos que dejar que la selva viva. No podemos dejarla morir…”.




VERSÃO EM PORTUGUÊS:



Resgatando o amanhã


Juruá
Por Juan Carlos de la Cal, membro da GEA PHOTOWORDS.
Tradução: Felix Bezerra, Igreja Céu do Cerrado – Palmas, TO.

Dois meses atrás foi inaugurado num recôndito lugar da selva brasileira um Centro de Atenção e Assistência de Saúde Natural, levado pelo médico navarro Diego Arregui, para recuperar as tradições do uso de plantas medicinais que estão se perdendo na Amazônia. Há alguns anos, Arregui entrou em contato com um curandeiro da tribo dos Katukina que o iniciou neste conhecimento e recebeu, por sua vez, ajuda para tratar outras enfermidades, como gripe e hepatite, levadas pelos ocidentais e para as quais os índios não têm cura. Esta é uma bonita história de intercâmbio, resgate e reconhecimento entre dois mundos, dois sábios e duas formas de ver a vida através do universo vegetal da maior floresta do mundo.


 



Diego Arregui, naturopata. O veneno dessas rãs transmite defesas para o organismo humano.
FOTO  ©  Patxi Uriz

Bastou o olhar de dois sábios para selar um encontro histórico. Dois mundos unidos no coração de dois “homens medicina” separados por 14.000 quilômetros, um oceano e muitos séculos de indiferença. O que recebe é pequeno, um índio com apenas um metro e cinquenta de altura, musculoso, moreno e com idade de já ser avô.  O que chega tem os olhos azuis, a pele branca, 44 anos e a alma inquieta de um mensageiro. Uma floresta majestosa, nos confins da selva amazônica brasileira, lhes oferece um perfeito cenário. Plantas, plantas, plantas. Ou, o que é o mesmo, remédios, remédios, remédios... .  Porque é isso o que os une. Uma paixão genética pelos remédios que esconde essa farmácia natural que os acolhe.
Estamos em Sumaúma, uma das nove aldeias dos índios Katukinas, no estado brasileiro do Acre. O lar do Pajé Aracá, filho e neto de curandeiros da tribo, filho também dessa selva da qual a cada dia recebe um novo segredo. O branco que desce de uma velha camionete é Diego Arregui, Navarro de Ponte la Reina, médico naturopata, com consultório e laboratório em seu povoado, autodidata e viajante incansável por todo o mundo em busca dos mesmos segredos com os quais Aracá trabalha. 

A estrada que chega até a aldeia Katukina é de construção recente. Com as máquinas que se foram, foi também parte da identidade desses índios com uma cultura tão antiga quanto a própria selva. É a história mil vezes contada – mas nunca o suficiente –, da destruição que produz o contato descontrolado de nossa civilização com esses povos despidos do nosso progresso. “Ninguém já quer cantar para os doentes”, queixa-se Aracá para Diego, quando este lhe pergunta sobre as sequelas que deixou essa “epidemia” que eles chamam de desenvolvimento.
O pajé se refere à dificuldade que é encontrar alguém em sua aldeia que continue a tradição de ervanário que ele recebeu de seus ancestrais. Com a estrada chega a televisão, com ela vão-se os sonhos, porque os índios se deitam mais tarde e já não madrugam para contá-los antes que amanheça. Aproximam-se os pontos onde se pode comprar álcool e os jovens já não querem acompanhar os mais velhos em suas festas tradicionais e, claro, chegam essas dores que não estacaram na placa de PARE, na virada para a aldeia. Dores estranhas que tentam eliminar com comprimidos estranhos, distribuídos por médicos estranhos nos povoados de colonos próximos.
Diego teve que superar várias provas até chegar a esse ponto de contato. O medo e a rejeição a um estrangeiro branco é resultado de tudo o anterior. Não confiam. Já vieram outros em busca de plantas. Noutras aldeias, de outras tribos, elas foram dadas. Foram presenteadas. Anos depois se ouviam histórias de remédios que tornaram esses visitantes milionários, sem que a eles lhes dessem nem os agradecimentos. A Conquista continua. Os índios sabem. Agora sem bandeiras nem cruzes. Porém com a mesma cobiça e violência.
 O Navarro sabe muito disso. Por isso, é tão popular no Vale de Valdizarbe. Há 25 anos está estudando alimentos naturais, plantas medicinais e especiarias de meio mundo, com as quais prepara seus remédios. Mensalmente atende a mais de 300 pacientes. Sua agenda está cheia com um ano de antecipação. Através de suas numerosas viagens por lugares distantes da Ásia, África e América Latina, intercambiou conhecimentos com associações de curandeiros e xamãs de diversas comunidades indígenas. Em quase todos os lugares, os velhos curadores estavam em risco de extinção. Sensibilizado pelo desaparecimento sobre o uso das plantas medicinais, ao retornar de suas viagens, se dedicou a documentar e resgatar os últimos conhecimentos populares de sua terra sobre pomadas, xaropes e ervas com seus nomes autóctones. Por isso está aqui. Diego reconstrói uma forma de saúde e compreensão onde une uma tradição ervaria milenar com os novos usos e aplicações da era moderna.

FARMÁCIA VIVA

Um encontro de duas culturas que se unem para dar a mão em prol da ecologia, da saúde e do progresso. Seu trabalho trata de reivindicar a farmácia viva num terreno hostil, trata de abrir a porta ao conhecimento cultural do uso de vegetais milenares que vêm acompanhando o homem desde o início dos tempos, trata de recuperar essa “memória vegetal” que se abriga nos mais velhos dentre os velhos.
“Na última década, o desinteresse dos mais jovens, atraídos pelo mundo moderno e a perda gradual dos costumes e crenças, lhe tornou uma população carente de recursos medicinais. Torna-se alarmante a rapidez com que estão perdendo seu conhecimento natural”, afirma Diego referindo-se à situação dos Katukinas. Há 12 anos, quando chegou aqui na sua primeira viagem, pediram-lhe que atendesse várias crianças com gripe. Curou-lhes com seus remédios em tempo recorde.
Na visita seguinte levou tratamentos contra a hepatite endêmica que existe na região e alguns pacientes foram melhorando. Sua fama de “homem-medicina” branco foi-se estendendo por esse lugar do vale do rio Juruá.
O rio é um dos grandes afluentes do Amazonas. Com seus 3.000 quilômetros de extensão, figura entre os 10 maiores do mundo.  Na sua parte mais elevada, já perto da Cordilheira dos Andes, abundam lagos, cascatas, fontes termais e até vales de pedras entre densas e imensas vegetações. Constitui o chamado Parque Nacional da Serra do Divisor, um paraíso natural que abriga a zona de maior biodiversidade do planeta, com mais de 5.000 espécies animais.
Durante milhares de anos esteve habitado por meia centena de tribos indígenas até que a colonização de imigrantes, nos séculos XIX e XX, foi ofuscando a sua existência. Mesmo assim, essa é uma das regiões mais virgens do Brasil, onde a cultura indígena se conserva ainda com muita força, com muita profundidade e com todo o seu mistério.


Ecovila na margem do rio Crôa. Alto Juruá, Amazonas.
FOTO  ©  Patxi Uriz

A economia de toda a região é de mera subsistência. Porém, restam muitos seringueiros (coletores de látex), mesmo que esse produto já não seja rentável, por causa da sua substituição por derivados do petróleo. As frutas tropicais, o comercio com o Peru e um turismo incipiente são outras fontes locais de renda, com bastante futuro pela frente. Muitas famílias apenas têm rendimento diário pouco superior a um euro por pessoa e os serviços sociais (saúde e educação, principalmente) não são suficientes. Um contexto adequado para um recém-chegado com vontade de ajudar.

Foi tanta a procura, que o médico espanhol abriu informalmente um pequeno escritório nas terras que comprou perto de Rodrigues Alves, um povoado com cerca de 15.000 habitantes a aproximadamente 40 quilômetros de Cruzeiro do Sul – 100.000 habitantes, segunda cidade mais importante do estado do Acre –, que acorda com tranquilidade à atração irresistível dos novos tempos. Uma cidade à qual não é fácil chegar. A estrada que a liga com o resto do Brasil é transitável apenas dois meses no ano e as embarcações de grande calado só podem chegar ao porto do rio na época das chuvas. No entanto, a comunicação aérea é boa, com um aeroporto digno.
É precisamente nesse aparente isolamento que consiste a sua beleza. Está mais próxima da cidade peruana de Pucallpa (253 Km) do que da capital do estado, Rio Branco (653 Km), o que lhe transmite também esse ar encantador de cidade fronteiriça. Suas noites honram o seu nome e a visão da cruz estelar no firmamento anima a alma do viajante.

 
JARDIM DO ÉDEN

Arreguí e sua mulher Lilian Candiani, brasileira de São Paulo e fundadora da ONG navarra “NATAL”, um bom lote de hectares de floresta com a ideia de preservá-lo como uma espécie de “jardim do éden”. Nele querem replantar todas as espécies que têm possibilidades medicinais e pesquisá-las. Reformaram uma velha casa de farinha, montou-se o primeiro secador para os vegetais que colhiam na região e junto a ele abriram duas salas para atender às pessoas do assentamento próximo: umas 40 famílias. Duas delas trabalham permanentemente no secador e outras três ocasionalmente. As populações locais batizaram-no “Centro de Atenção e Assistência em Saúde Natural” e vai ser inaugurado oficialmente no próximo dia 3 de dezembro, dia de São Francisco Xavier.
“Pela manhã fomos para o interior da selva com um carro de mão e um facão. Há tantas variedades de plantas por metro quadrado, que é como entrar em um túnel cheio de vida. Colhemos algumas das que conhecia com propriedades medicinais, selecionamos, lavamos, cortamos e secamos em redes na sombra. Fomos ajudados por crianças e uma família de vizinhos. Loco correu a notícia de que um estrangeiro fazia remédios com ervas e começaram a chegar os primeiros casos”, recorda Diego fazendo uma memória histórica de como foi a sua chegada.

Informados do sucesso do “médico europeu” entre a população mais pobre dessa selva, as autoridades começaram também a pedir-lhe ajuda para seus próprios tratamentos. Assim, prefeitos, políticos, comerciantes e militares difundiram noutro nível, as bondades da medicina que tradicionalmente haviam negado por causa de sua educação cartesiana. “Com surpresa nos demos conta do pouco valor que as famílias dos colonos davam aos remédios naturais que as comunidades indígenas utilizam na região. Mais tarde, depois de verificar a eficácia de algumas plantas e desfazer outras tantas, comecei a compreender que não havia tanto conhecedor de remédios populares ou tradicionais. Isso me produziu certo alarme. Parecia-me normal que alguém que viva em Nova Iorque não saiba nada sobre as plantas do Amazonas ou suas propriedades. Porém, que as pessoas daqui, não conhecessem nem menos uns primeiros socorros, me pareceu perigoso”, acrescenta o Navarro.
Com a criação desse pequeno centro de saúde, as comunidades locais estão aprendendo a confiar novamente em seus remédios ancestrais para curar todo o tipo de doenças. Diego ensinou aos seus improvisados ajudantes usar as plantas secas (a cultura indígenas só as emprega úmidas), elaborar pomadas, unguentos balsâmicos, numa palavra, transformar o que lhes oferece essa imensa caixa de remédios que têm na porta de suas casas. Também lhes aconselhou sobre como defender-se dos vírus e bactérias vindos de fora, a proteger-se deles através de medidas higiênicas e empregar seus escassos recursos econômicos naquilo que já sabem, antes de gastarem o que não têm nas modernas farmácias da cidade.
“Tivemos que começar educando de forma muito leve no que se refere ao desflorestamento indiscriminado e à derrubada de árvores centenárias e milenares, que no mercado internacional são artigo de luxo, mas que a eles proporcionam algum saco de farinha de mandioca ou pouco mais. Passado os meses, muitos confessaram que agora sentiam um grande respeito pelas árvores e pelas plantas, já que delas obtinham grandes benefícios até então desconhecidos. Começamos a plantar ervas medicinais, hortaliças, verduras e fruteiras, tudo com sementes precedentes de Navarra”, esclarece Diego.

Outra das funções do Centro é recuperar espécies de plantas ameaçadas na região. Simplesmente deixam-nas em seus “reinados” que é como os índios denominam os locais preferidos pelas plantas e onde elas abundam sem que intervenha a mão humana. “Essas regiões estão catalogadas e colocamos placas para saber seus nomes indígenas, populares e científicos, se os têm. Também as suas propriedades ou se é uma planta tóxica”, continua nos explicando Diego. “Esse sistema de farmácia viva favorece tanto àqueles que no trabalho de campo, colhendo ou cultivando, ganham pão de cada dia, como aos que se beneficiam do uso dos remédios naturais nas proximidades de suas casas. Um meio de cooperação que ajuda à agricultura sustentável numa região onde seus primeiros moradores eram apenas caçadores favorece a preservação do meio ambiente e cultural, incentiva o emprego com a elaboração de preparados nutritivos e medicinais e é um método inofensivo de manter a saúde a baixo custo.”

O Pajé Aracá com o naturopata Diego Arregui.
FOTO  ©  Patxi Uriz


O pajé Aracá é o seu principal aliado nessa missão. Dele aprendeu o uso de remédios como o Pau d´Arco, uma cortiça de árvore que tem se mostrado muito efetiva contra o câncer e a leucemia; o Jaborandi ou pimenta comprida, que os katukinas usam para tratarem do fígado e que Diego descobriu que também é útil para o tratamento de doenças medulares degenerativas; o Sanango, uma planta que usam para fazer um colírio para regenerar a córnea e eliminar doenças do olho e clarear a vista. “Os velhos a usam desde um tempo imemorial e não precisam de óculos. Além disso, segundo eles, tira a raiva do olhar e te abre a visão espiritual”, explica Diego.
Um dos remédios que mais me chamou a atenção, por seus efeitos curativos imediatos, é de origem animal. Trata-se do Kambó, ou vacina do sapo como também a chamam, o mais tradicional dos remédios indígenas do Amazonas. É obtido da secreção de uma rã, a phyllomedusa bicolor, em cujo líquido os cientistas encontraram propriedades antibióticas, contra a AIDS e o câncer. Além disso, estimula a fertilidade, depura o organismo de tóxicos e serve de regulador hormonal para as mulheres. A maioria das tribos assentadas na fronteira do Brasil com o Peru o usa. Nos últimos anos se dá o caso de que algumas aldeias indígenas estão sendo freqüentadas por uma legião de ocidentais doentes, quase desenganados pela medicina moderna, aos que vai bem a sua aplicação porque lhes reforça o sistema imunológico.

Nos anos 80 foi patenteado por um médico italiano. Depois foram isoladas duas substâncias: a demorfina e a deltorfina. A primeira delas, 300 vezes mais potente que a morfina, é causadora de uma nova geração de analgésicos comercializados desde 1998 pelos Laboratórios Abbot com o nome de ABT 694. Um grama vale 1.000 euros e as rãs são vendidas a 400. Estão desaparecendo. Os lucros são estimados em 500 milhões de euros. Os índios nada receberam em troca...

O uso de remédios indígenas trás junto o uso de orações e crenças sem as quais o doutor está convencido de que não seriam tão efetivas. Esse é o caso da Ayahuasca, a bebida milenar utilizada em toda a Amazônia pelas tribos indígenas há milênios, para receber as visões que formam o seu mundo espiritual. É o produto da infusão de um cipó e uma folha, e os índios a tomam seus rituais também, entre outras coisas, para ver a origem dessas doenças trazidas pelos brancos e que os dizimam sem piedade. Por meio dela os pajés, para os quais a origem das doenças é sempre espiritual, dizem que “falar” com as plantas e saber para que as podem usar.

Foi justamente o uso dessas plantas sagradas, que num passado recente deu motivo a conflitos religiosos com grupos de colonizadores evangélicos, muitos deles procedentes da América do Norte, apoiados por organizações como o Instituto Lingüístico de Verão, ILV, muito mal visto em toda a Amazônia. “Os missionários chegaram depois do primeiro contato” recorda Aracá. “Primeiro obrigaram a nos vestir, depois de nos ensinar o português, tentaram fazer com que não falássemos a nossa língua nativa e finalmente tentaram nos proibir de usar nossas plantas de poder. Houve uma revolta e conseguimos expulsá-los. Hoje estão fora das aldeias.

Vindo de onde vem essa história não é de tudo desconhecida para Diego. Na sua Navarra natal estão documentadas crenças em mitos e lendas até o século XVII, sobre a sabedoria ancestral que possuíam as mulheres de antigamente, usando o poder da natureza para curar doenças, antes de serem queimadas nas fogueiras da Inquisição. A Arregui vem-lhe à memória os passeios pelo bosque de Basajaunberro, cujo nome homenageia um lendário personagem da mitologia basca.  Basajaun, que vigia os passos de todo aquele que entra no bosque; as bruxas de Zagarramurdi; o Vale de Malerreka, onde começou tudo; as histórias de bruxas e sorginak, do antigo conhecimento das plantas e artes curativas; os túmulos, dolmens e menires de Eunate... As mesmas histórias, talvez um dia de seu conterrâneo Pedro de Ursua, quando pela primeira vez percorreu o rio Marañon, em 1542, procurando o Eldorado que nunca encontrou.
Também, olhando no firmamento estelar esse Cruzeiro do Sul que tanto inspirou os navegantes dos Mares do Sul, o Navarro recorda como o Caminho de Santiago, do qual a Ponte da Rainha é um ponto chave, era o caminho que os druidas de todas as nações celtas – as mais longínquas na Finlândia ou Turquia, o Fim da Terra, de onde se podia ouvir o estrondo das águas caindo no abismo...
Chove. Quem não viu a água cair sobre a selva não sabe o que é chover. É impossível falar sob o barulho ensurdecedor das gotas batendo nas folhas das árvores. A terra desaparece sob os charcos. Tudo está ensopado. A bacia amazônica evapora anualmente sete trilhões de toneladas de água para a atmosfera. A metade volta a cair sobre ela. É a fonte do ciclo da vida mais majestoso que existe.

O jornalista não pode deixar de lembrar que o Vale do Javari, o lugar do mundo que mais abriga tribos de índios isolados do planeta, está um pouco acima da aldeia katukina (Cruzeiro do Sul é, de fato, a porta de entrada sul do vale). Lá a hepatite está exterminando populações inteiras de índios aculturados. Dá-se o caso, inclusive, de que alguns desses índios isolados estão voltando para as cabeceiras dos grandes rios, procurando a ajuda do homem branco, porque não sabem como parar essas epidemias que lhes foram transmitidas pelos madeireiros ou garimpeiros.
Por algo, o pranto de Davi Kopenawa, o Dalai Lama dos yanomamis, é a melhor lembrança para uma época que a história recordará sempre como a Era da mudança climática: “Devemos escutar o pranto da terra que está pedindo ajuda. A terra não tem preço. Vocês têm que deixar os yanomamis viver e preservar a natureza. Por que a natureza nos dá saúde e alegria. Temos que deixar que a selva viva. Não podemos deixá-la morrer...”.